Todo empezó cuando mi abuela me preguntó qué hacía tanto rato con el móvil y de qué me reía.

—Estoy jugando al parchís con mis amigas —le dije.

—¿Con el teléfono? —Se quedó callada un momento—. Oye, y ¿yo podría jugar con mis amigas también?

Antes salían a pasear todas las tardes mi abuela Antonia, su amiga Mariana y la prima de esta, Isabel. Hacía solo un par de años que se habían «jubilado». Ninguna había cotizado, a pesar de haberse pasado la vida limpiando casas de señoritos. Habían coincidido como parte del «servicio» en un gran chalé a las afueras de Madrid, pero, después de unos tres años allí, al parecer el dueño tenía problemas con la justicia y las había echado a las tres. Al poco salió en las noticias que estaba en juicios por corrupción. Cuando se lo enseñé a mi abuela, no quiso decir nada. «Nosotras allí, oír, ver y callar». Lo bueno es que habían decidido que ya estaba bien de servir a otros y que ahora se iban a cuidar ellas.

Y, desde entonces, Antonia, Mariana e Isabel se levantaban, más o menos temprano, hacían las tareas de la casa, como toda la vida, y por la tarde se iban de paseo. En invierno salían tempranito, sobre las cuatro, para aprovechar el sol. Y según se acercaba la primavera iban modificando su horario. En verano, salían a las siete o las ocho de la tarde. Lo malo de estar en la ciudad es que no podían sacarse una silla al fresco después de cenar, como se había hecho toda la vida en el pueblo.

Mi abuela Antonia no sabe mucho de tecnología, porque le pilló ya mayor, pero se ha ido adaptando a los tiempos. Cuando empezó el confinamiento me pidió que le instalara «el “guasa” ese»; Mariana le había dicho que podían mandarse mensajes hablando, que lo hacía con su nieto. Habían adoptado muy rápido esa nueva modalidad de comunicación. Demasiado, para mi gusto. Algunos días no se escuchaba otra cosa en mi casa.

—Podemos intentarlo —le respondí tras unos segundos. Estaba pensando en las dificultades de llevarlo adelante. Mi abuela veía poco. Quizás pudiera hacerlo con mi tablet, que tiene la pantalla más grande. Además, tendría que cerciorarme de que sus amigas también tuvieran acceso a esta tecnología.

Y, como os decía, ahí empezó todo. Tardé un par de días en organizarlo, porque, aunque Isabel ya tenía un móvil con una buena pantalla y no le supondría problema jugar con él, Mariana no. Ella también necesitaría un aparato más grande, pero vivía sola y no podía permitirse comprar «otro chisme». Tuve que llamar a algunos de mis amigos hasta que di con uno que me prestaría, al menos durante unas semanas, una tablet que apenas utilizaba.

El siguiente problema era conseguir echarle mano yo a ese aparato. Por suerte, mi amigo vivía cerca, así que un día que iba a la compra pasó por delante de mi portal. Yo le abrí con el telefonillo. Entró. Dejó la tablet encima de los buzones y se fue. Yo bajé, la cogí, en casa retiré la bolsa con cuidado, la tiré y me lavé las manos con jabón durante un minuto.

Instalé la aplicación del parchís. Al día siguiente le llevé la tablet a Mariana junto con otras provisiones. Aunque se apañaba sola, una vecina le hacía la compra para que no tuviera que salir. Esta vez lo haría yo, para así poder llevarle alimento para el cuerpo y para el alma. Le dejé las cosas abajo y ella lo recogió todo en el portal, siguiendo la misma técnica del día anterior.

La parte logística estaba solucionada. Esa noche ayudé a Isabel a instalar la aplicación en su móvil y enseñé a mi abuela cómo usarla.

Echan una o dos partidas cada noche, normalmente en silencio, aunque la oigo reírse a veces. Y después, antes de acostarse, mi abuela se pasea por el pasillo arriba y abajo, enviando y recibiendo audios con sus amigas y comentando la partida: «¡Hoy me has comido tres veces!», «Mañana gano yo, seguro». Su amistad ha sobrevivido a la distancia y al confinamiento; ¿sobrevivirá al parchís?


Este relato participa en el concurso de relatos #NuestrosMayores de Zenda e Iberdrola.

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