Cuando eres un niño todo se ve diferente. Las cometas se elevan en el aire. Ves que ese objeto, que no era más que un trozo de papel y de madera, ahora tiene poderes mágicos. Y desde ahí arriba puede ver. Vernos sonreír mientras sujetamos esa cuerda, cada vez más tirante. Vernos luchar contra el viento. Y ver lo que nos rodea. La sonrisa del adulto que nos ha ayudado a que eso sea posible. Los edificios a nuestro alrededor, si estamos en una azotea. Los árboles y la hierba, si estamos en un parque. Los pájaros que se aprovechan del aire igual que nosotros. Y la cometa disfruta de su libertad ahí arriba.
No me importaría ser cometa. Verlo todo desde esa perspectiva, sin tener que preocuparnos de nada. Porque sabemos que nos están sujetando. Sabemos que no podemos elevarnos hasta desaparecer, porque la mano de un niño, para el que en ese momento no hay nada más importante que nosotros, nos sujeta.
Si yo fuera una cometa, y por error me soltaran, quizás tampoco fuera tan terrible. Sí, dolería al principio. ¡Pero vería tanto mundo! Más del que ven la mayoría de las cometas. Vería ciudades, y ríos, y mares. Y volaría entre las nubes. Y viajaría con pájaros migrantes para descubrir que cada ciudad, cada país, por muy distinto que sea, tiene en su seno a niños, y no tan niños, que sujetan una cometa.